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La pintura se incluye en lo que
se llama taller de “caballete”: toda obra artística
transportable realizada sobre cualquier material soporte:
tabla, tela, metal, madera, vinil, papel, etc. utilizando
para ello cualquier medio pictórico clásico como óleo,
acuarela, guash, acrílico, etc. o materiales no tan
tradicionales como barnices coloreados, pintura automotiva,
materiales orgánicos o minerales etc.
Una obra de caballete consta de
varios elementos dependiendo de la técnica, pero básicamente
siempre hay un soporte, puede o no tener una base de
preparación que sirve como adherente del material pictórico
y puede o no haber un barniz de protección, aunque en la
pintura contemporánea éste puede ser parte del medio de
expresión con el que se matizan o exaltan los brillos e la
obra.
La obra de caballete, se somete
a un riguroso examen para revisar el estado de conservación
de todas las capas que la forman, desde el soporte hasta la
capa final. Una vez determinado el grado de intervención
necesario para estabilizar la obra, se fumiga si es
necesario, y se asegura la pintura con un barniz de
protección y un velado que consiste en una cubierta de
tela-papel para darle a la pintura una protección extra para
someter la obra al trabajo de conservación, aunque, en
ocasiones, es necesario hacer retiros de parches por el
frente recuperar el plano antes de hacer un velado.
La conservación en caballete,
consiste en estabilizar todas las capas de la obra, pero
principalmente la pintura con todos los materiales que la
conforman. El soporte puede desaparecer si por infestación
de parásitos hace peligrar la pieza, y los barnices también
deben ser retirados cuando por exceso de aceites, o de
oxidación se obscurecen de tal forma que impiden apreciar el
motivo de la pintura. Incluso las capas intermedias, en
ocasiones pierden su función al tener que ser impregnadas de
otro material ajeno a la obra, como la cera, para obtener a
cambio la adherencia necesaria para sostener a todas las
capas en su lugar.
La restauración, en pintura, y
en general con las obras de arte, tiene que ver más con la
parte estética, con la capacidad de trasmitir el mensaje que
autor quiso dejar plasmado en la factura de su obra. Al
observar una pintura, una escultura, nosotros espectadores
debemos tener acceso a todos los elementos con que el autor
ha dotado su obra para producirnos una emoción, un
sentimiento, incluso un rechazo.
Cuando la integridad de la obra
se encuentra alterada por un faltante, por una rasgadura,
por un repinte o por un barniz tan ennegrecido que nos
impide apreciarla completamente, la obra pierde su capacidad
de comunicar, y la intención del autor se pierde a su vez.
Cuando se trata de obra
contemporánea, en la que los artistas despliegan nuevas
técnicas y dejan aparte el oficio visto de la manera
tradicional, la obra puede contenerse en una caja y ser
“arte objeto”, o seguir manteniendo el formato de un cuadro
pero realizado con materiales diversos como trozos de vinil,
periódico, cartón o trozos de metal, etc. Cualquier material
por deleznable que éste sea al ser elegido por el autor para
expresarse toma entonces atributos extraordinarios, así se
trate de un trozo de resorte oxidado en una caja de madera
que comparte su papel protagónico con una fotografía antigua,
una corcholata y una muñeca rota. Cada elemento dentro de
este “arte objeto” tiene la misma importancia dentro de la
totalidad de la obra y contribuye con su fuerza expresiva a
trasmitir algo que el autor quiere decirnos al poner todos
estos elementos juntos y consignados dentro de un ámbito
cerrado para nuestro divertimento.
Todos estos elementos son
tratados de manera independiente dado que su naturaleza es
distinta, pero finalmente se trabajan manteniendo siempre la
unidad de la obra. Hay ocasiones en que la obra tiene una
función, además de la de ser expuesta solamente, y entonces
la función misma se convierte en el motivo de la obra por lo
que tiene que ser respetada y mantenida, ya que al perderse,
la obra misma pierde su sentido de ser.
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